El Fariseo, El Publicano y La Gracia.

Por. Manuel Sheran

fariseo_y_pubicano_833_460_80_c1Es común en las sociedades humanas que mientras más tiempo compartimos con las personas de nuestros grupos afines, más propensos estamos a ver sus pies de barro. Es decir, aquellas carnalidades que muchas veces salen a relucir con la trivialidad y el afán de nuestras vidas. Pronto afloran las diferencias y lo que una vez fue diseñado para acercarnos más como humanos, ahora nos separa acentuando aun mas nuestras diferencias. La manera en la que la era interconectada nos ha enseñado a lidiar con estos problemas es evitándolos, desamigándolos y marginando de nuestras vidas aquellos que no son compatibles con nuestro carácter y estilo de vida.

Y quisiera llamar la atención hacia este asunto porque es de vital importancia para la vida en comunidad del cristiano y la preservación intachable de su testimonio. Y es que con demasiada frecuencia afrontamos los problemas de la manera en como el mundo los afronta: con hostilidad, dolo y venganza.  En lugar de afrontarlos bíblicamente como el Señor nos manda a hacerlo.

Hay demasiados hermanos que se retraen de la vida en comunión con otros hermanos cuando les han ofendido con algún pecado o carnalidad porque el mundo les ha ensenado que “El que la hace la paga”. Y muchas veces estos motivos están escondidos detrás de una careta de falsa santidad y baños de pureza. Denotando en lugar de piedad, simple y llano orgullo.

¿Qué hacer entonces cuando nos sintamos “espiritualmente” superiores al hermano que ha pecado contra nosotros? ¿Qué hacer cuando el pecado de algún hermano está restando a nuestra “santidad”?

En ese momento debemos recordar que nos estamos midiendo por un estándar incorrecto. Si nos comparamos con otros peores que nosotros siempre seremos mejores en nuestra propia cuenta.

El estándar verdadero por el que debemos ser juzgados es por el estándar de Dios. Y delante de Él, El menos pecador de los hombres es igual al más vil de los pecadores.

Por lo tanto ¿qué debemos hacer cuando un hermano peca contra nosotros? Abramos las escrituras para afrontar el problema de la manera bíblica:

Mt 18:15-18: “Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano. De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo.”

El remedio bíblico es que podamos confrontar el pecado con la primera manifestación. Debemos en amor y humildad acercarnos a los hermanos y hacerles saber cuáles son las actitudes que nos molestan con el propósito de que enmienden sus vidas. Así es como se supone que debemos edificarnos unos a otros. ¿Pero si nunca decimos nada, como podremos erradicar el pecado en nuestras congregaciones?

Estos casos son más comunes de lo que pensamos en nuestras iglesias. No es raro ver a un hermano que está enojado con otro y simplemente deciden de común acuerdo no hablarse más y asunto resuelto. En su mente esperan que con el tiempo el problema se resolverá solito. No hay mayor locura que esa.

Estos comportamientos me recuerdan al relato bíblico del fariseo y el publicano:

Lc 18:11-12: “El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano.”

El fariseo de esta ilustración de nuestro Señor Jesucristo, se cree más justo que los demás por sus obras de justicia pues se compara con otros hombres.

Este fariseo es igual a aquel hermano que se marginó de los que pecan contra el.

Pero el publicano se examina bajo el estándar de Dios:

Lc 18:13: “Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador.”

Finalmente, Jesús enseña al respecto:

Lc 18:14: “Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.”

Entonces ¿qué hacer si algún hermano peca contra nosotros?

Llamémoslo aparte en amor y bendición. Hagámosle ver su pecado para que ambos podamos clamar a Dios misericordia como lo hizo el publicano. En lugar de estarse dando golpes de pureza y creyendo ser más santo que los otros solo porque pecamos de manera diferente, de la misma manera que el fariseo se creía superior a los demás.

La manera en como seremos edificados es confrontando nuestro pecado y perdonándonos unos a otros. De la misma manera que Pablo aconseja a los Colosenses:

Col 3:13  soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.

Debemos ejercitarnos más en el perdón porque el perdón es la máxima expresión de la gracia de Dios.

 

 

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